Por John P. Kotter
John P. Kotter,
fue Professor en Harvard Business School.
Ellos no hacen planes, no solucionan problemas, ni siquiera organizan a las personas. Lo que de verdad hacen los líderes es preparar a las organizaciones para el cambio y ayudarlas a enfrentarlo mientras lo atraviesan.
El liderazgo es diferente de la gestión, pero no
por los motivos que piensa la mayoría de la gente. El liderazgo no es algo
místico y misterioso. No tiene nada que ver con tener “carisma” u otro exótico rasgo
de la personalidad. No es el territorio de unos cuantos elegidos. El liderazgo tampoco
es necesariamente mejor que la gestión o un reemplazo de ella.
Por el contrario, el liderazgo y la gestión son
dos sistemas de acción distintos y complementarios. Cada uno tiene su propia función
y actividades características. Ambos son necesarios para tener éxito en un
entorno de negocios cada vez más complejo y volátil.
Actualmente, la mayoría de las corporaciones estadounidenses
son gestionadas en exceso y débilmente lideradas. Necesitan desarrollar su capacidad
para ejercer el liderazgo. Las corporaciones exitosas no esperan que los
líderes surjan de forma espontánea. Buscan activamente a personas que cuenten con
potencial de liderazgo y las exponen a experiencias en sus carreras, que son diseñadas
para desarrollar ese potencial. De hecho, con una selección, formación y apoyo
cuidadosos, decenas de personas pueden desempeñar importantes roles de liderazgo
en una organización de negocios.
Mientras mejoran su capacidad para liderar, las
empresas deberían recordar que un liderazgo fuerte con una gestión débil no es mejor,
y en ocasiones es incluso peor, que el caso contrario. El verdadero desafío es combinar
un liderazgo fuerte con una gestión fuerte, y usar a cada uno para equilibrar
al otro.
Desde luego, no todos pueden ser buenos en
liderazgo y en gestión a la vez. Algunas personas tienen la capacidad de convertirse
en excelentes ejecutivos, pero no en líderes fuertes. Otras tienen un gran potencial
de liderazgo, pero por una serie de razones se les hace muy difícil convertirse
en ejecutivos fuertes. Las empresas inteligentes valoran a los dos tipos de
personas, y trabajan duro para integrarlas a su equipo.
Pero cuando se trata de preparar a las personas
para cargos ejecutivos, estas compañías ignoran derechamente la literatura más reciente
que afirma que las personas no pueden gestionar y liderar al mismo tiempo, ya que
tratan de desarrollar líderes ejecutivos. Una vez que las empresas entienden la
diferencia fundamental entre liderazgo y gestión, pueden comenzar a preparar a
su mejor gente para que brinden ambas cosas.
La diferencia entre gestión y liderazgo
La gestión se ocupa de enfrentar la complejidad.
Sus prácticas y procedimientos son en gran medida una respuesta a uno de los
acontecimientos más significativos del siglo 20: la aparición de las grandes organizaciones.
Sin una buena gestión, las empresas complejas tienden a volverse de tal manera
caóticas que incluso ponen en riesgo su propia existencia. La buena gestión aporta
un grado de orden y consistencia a dimensiones clave, como la calidad y la rentabilidad
de los productos.
El liderazgo, por contraste, se ocupa de enfrentar
el cambio. Parte del motivo por el que ha llegado a ser tan importante en años
recientes, es que el mundo de los negocios se ha vuelto más competitivo y volátil.
El cambio tecnológico cada vez más acelerado, la mayor competencia
internacional, la desregulación de los mercados, la saturación en los sectores
intensivos en capital, un cartel del petróleo inestable, inversionistas armados
de bonos basura y la cambiante demografía de la fuerza de trabajo se encuentran
entre los numerosos factores que han contribuido a este cambio. El resultado
neto es que ya no es garantía para el éxito hacer lo que se hacía ayer, o hacerlo
un 5% mejor. Cada vez son más necesarios cambios mayores para sobrevivir y
competir eficazmente en este nuevo entorno. Más cambios requieren siempre de
más liderazgo.
Considere una sencilla analogía militar: un ejército
en tiempos de paz puede sobrevivir con una buena administración y gestión en sus
distintos niveles jerárquicos, además de un buen liderazgo concentrado en la
cima. Un ejército en tiempos de guerra, sin embargo, necesita un liderazgo competente
en todos los niveles. Hasta ahora nadie ha descubierto cómo gestionar eficazmente
a las personas para llevarlas al campo de batalla, ellas deben ser lideradas.
Estas dos funciones distintas enfrentar la
complejidad y enfrentar el cambio configuran las actividades características de
la gestión y el liderazgo. Cada sistema de acción involucra decidir lo que se debe
hacer, crear redes de personas y relaciones que puedan llevar a cabo una
agenda, y posteriormente tratar de asegurarse de que esas personas hagan el
trabajo. Pero cada una realiza estas tres tareas de forma diferente.
En primer lugar, las empresas gestionan la complejidad
mediante la planificación y la elaboración de presupuestos, fijando objetivos o
metas para el futuro (usualmente, para el año o el mes siguiente), estableciendo
medidas detalladas para alcanzar los objetivos, y luego asignando recursos para
cumplir con esos planes. Por contraste, para liderar a una organización hacia el
cambio constructivo, se debe empezar por fijar una orientación: elaborando una visión
del futuro (a menudo, del futuro distante) junto con las estrategias para generar
los cambios que son necesarios para lograr esa visión.
La gestión desarrolla la capacidad para
cumplir con su plan mediante la organización y la dotación de personal: creando
una estructura organizacional y un conjunto de cargos para cumplir los
requerimientos del plan, dotando a esos puestos con individuos calificados, comunicando
el plan a esas personas, delegando la responsabilidad para la ejecución del
plan, e ideando sistemas para monitorear su implementación. Sin embargo, la
actividad de liderazgo equivalente es alinear a las personas. Esto significa
comunicar la nueva orientación a quienes pueden crear coaliciones, comprenden la
visión y están comprometidos con su logro.
Por último, la gestión asegura el logro del plan
mediante el control y la resolución de problemas: monitoreando con cierto
detalle los resultados en relación al plan, tanto formal como informalmente, a
través de informes, reuniones y otras herramientas; identificando desviaciones;
y luego planificando y organizando la resolución de los problemas. Pero en el
caso del liderazgo, el logro de la visión requiere motivar e inspirar: consiguiendo
que las personas avancen en la dirección correcta, a pesar de los obstáculos al
cambio, apelando a necesidades, emociones y valores humanos básicos, a menudo
desaprovechados.
Un examen en detalle de cada una de estas actividades
servirá para aclarar las destrezas que requieren los líderes.
Fijar una orientación versus planificar y presupuestar
La gestión se ocupa de enfrentar la complejidad. El liderazgo, por contraste, se ocupa de enfrentar el cambio.
Puesto que la función de liderazgo es generar el
cambio, determinar la orientación de ese cambio es fundamental. Fijar la
orientación nunca es lo mismo que planificar, ni siquiera a largo plazo, aunque
la gente a menudo confunde las dos cosas. La planificación es un proceso de
gestión, de naturaleza deductiva, diseñado para obtener resultados ordenados, y
no cambios. La fijación de la orientación es un proceso más inductivo. Los
líderes reúnen una amplia gama de datos y buscan patrones, relaciones y vínculos
que ayuden a explicar las cosas. Más aun, la fijación de la orientación del liderazgo
no produce planes, crea visiones y estrategias. Éstas describen a una empresa,
tecnología o cultura corporativa en términos de qué deberían llegar a ser en el
largo plazo y articulan una vía factible para alcanzar ese objetivo.
La mayoría de las discusiones sobre la visión
tienden a degenerar hacia lo místico. La consecuencia de ello es que la visión es
vista como algo misterioso que los simples mortales, incluso los talentosos, nunca
poseerán. Pero desarrollar una buena orientación de negocios no es algo mágico.
Es un proceso arduo en ocasiones agotador de recolección y análisis de información.
Las personas que articulan estas visiones no son magos, SAS lo hizo y funcionó.
Sino pensadores estratégicos de amplios conocimientos, que están dispuestos a
correr riesgos.
Las visiones o las estrategias tampoco tienen que
ser brillantemente innovadoras; de hecho, algunas de las mejores no lo son. Las
visiones de negocios eficaces suelen tener características casi mundanas; usualmente
consisten en ideas que ya eran muy conocidas. La combinación o la disposición de
las ideas puede que sean nuevas, pero en ciertos casos, ni siquiera es así.
Por ejemplo, cuando el CEO (Chief Executive Officer)
Jan Carlzon articuló su visión de convertir a Scandinavian Airline Systems (SAS)
en la mejor línea aérea del mundo para el viajero de negocios frecuente, no
estaba diciendo algo que no se supiese en el sector de las líneas aéreas. Los
pasajeros de negocios vuelan con más frecuencia que otros segmentos de mercado y,
por lo general, están dispuestos a pagar tarifas mayores. Así, enfocarse en estos
clientes le brinda a una línea aérea la oportunidad de obtener altos márgenes, un
negocio constante y un crecimiento considerable. Pero debido a que es un sector
conocido más por su burocracia que por su visión, ninguna empresa había unido estas
simples ideas y tampoco las había puesto en práctica.
Lo que es crucial en una visión no es su originalidad,
sino lo bien que sirva a los intereses de audiencias importantes clientes, accionistas,
empleados y lo fácil que resulte traducirla en una estrategia competitiva
realista. Las visiones deficientes suelen ignorar las necesidades y derechos
legítimos de audiencias significativas, favoreciendo, por ejemplo, a los empleados
por sobre los clientes o accionistas. O son estratégicamente insensatas. Cuando
una empresa, que nunca ha sido algo más que un competidor débil dentro de
cierto sector, comienza a decir que aspira ser el número uno, se está en presencia
de una quimera, no de una visión.
Uno de los errores más frecuentes de las
empresas gestionadas en exceso y con liderazgo deficiente es el de adoptar la planificación
a largo plazo como una panacea para su falta de orientación e incapacidad de adaptarse
a un entorno de negocios crecientemente competitivo y dinámico. Este enfoque malinterpreta
la naturaleza de la fijación de la orientación y nunca podrá funcionar.
La planificación a largo plazo siempre consume
tiempo. Cuando ocurre algo inesperado, los planes deben ser reformulados. En un
entorno de negocios dinámico, con frecuencia lo inesperado se convierte en norma,
y la planificación a largo plazo puede llegar a ser una actividad extraordinariamente
agobiante. Ése es el motivo por el cual la mayoría de las corporaciones exitosas
limitan el tiempo que le dedican a sus actividades de planificación. De hecho, algunas
incluso consideran que la“planificación a largo plazo” es una contradicción en
los términos.
En una empresa sin orientación, incluso la planificación
de corto plazo se puede convertir en un agujero negro capaz de absorber una cantidad
infinita de tiempo y energía. Sin una visión y sin una estrategia que brinden
límites al proceso de planificación o que lo guíen, cualquier eventualidad merece
un plan. Bajo estas circunstancias, la planificación de contingencias puede prolongarse
por siempre, absorbiendo tiempo y atención de actividades mucho más esenciales,
sin siquiera proporcionar el sentido claro de orientación que con desesperación
necesita una empresa. Después de un tiempo, los ejecutivos inevitablemente terminan
volviéndose cínicos, y el proceso de planificación puede degenerar en un juego muy
politizado.
La planificación funciona mejor no como un
sustituto de la fijación de la orientación, sino como un complemento de ella. Un
proceso de planificación competente sirve como una comprobación útil de las
actividades del proceso de fijación de orientación. Igualmente, un proceso de
fijación de orientación competente brinda un foco con el cual la planificación
puede ser luego ejecutada de forma realista. Ayuda a aclarar qué tipo de planificación
es esencial y cuál es irrelevante.
Alinear las personas versus organizar y dotar de personal
La idea de lograr que las personas avancen en la misma dirección aparece como un problema organizacional. Pero, lo que los ejecutivos deben hacer no es organizar a las personas, sino alinearlas.
Un aspecto central de las organizaciones modernas
es la interdependencia, en donde nadie tiene una autonomía completa y en donde la
mayoría de los empleados están vinculados a muchos otros, ya sea por su
trabajo, tecnología, sistemas de gestión y jerarquía. Estos lazos plantean un
desafío especial cuando las organizaciones intentan cambiar. A menos que muchos
individuos se alineen y se muevan juntos en la misma dirección, las personas tenderán
a congratularse unas con otras. Para los ejecutivos que están excesivamente preparados
en gestión y muy poco en liderazgo, la idea de lograr que las personas avancen
en la misma dirección aparece como un problema organizacional. Pero, lo que los
ejecutivos deben hacer no es organizar a las personas, sino alinearlas.
Los ejecutivos “organizan” para crear sistemas
humanos que puedan implementar planes tan precisa y eficientemente como sea
posible. Usualmente, esto exige cierta cantidad de decisiones potencialmente
complejas. Una empresa debe escoger una estructura de cargos y de relaciones de
dependencia; dotarla con las personas idóneas para los cargos; brindar capacitación
a aquellos que la necesiten; comunicar los planes a la fuerza laboral; y decidir
cuánta autoridad se va a delegar y a quién. También es necesario crear incentivos
económicos para cumplir el plan, así como sistemas para monitorear su implementación.
Estos criterios organizacionales son muy similares a las decisiones arquitectónicas.
Es una cuestión de calce dentro de un contexto particular.
Alinear es algo diferente. Es más un desafío de
comunicaciones que un problema de diseño. Alinear implica invariablemente hablar
con muchas más personas que en el caso de organizar. El grupo objetivo puede
incluir no sólo a los subordinados del ejecutivo, sino también a jefes, pares, el
personal de otras partes de la organización, así como a los proveedores, funcionarios
de gobierno e incluso a los clientes. Cualquiera que pueda ayudar a implementar
la visión y las estrategias, o que pueda bloquear su ejecución, es relevante.
Tratar de que las personas comprendan una visión
de un futuro alternativo también es un desafío de comunicaciones de una
magnitud completamente diferente a la de organizarlas para que lleven a cabo un
plan de corto plazo. Es muy similar a la diferencia que existe entre un entrenador
de fútbol que trata de explicar las siguientes dos o tres jugadas en un partido,
y cuando intenta explicar un enfoque de juego totalmente nuevo que será usado
en la segunda mitad de la temporada.
Aunque sean comunicados con muchas palabras o
con unos pocos símbolos cuidadosamente elegidos, los mensajes no se aceptan sólo
porque son entendidos. Otro gran desafío en los esfuerzos de liderazgo es el de
la credibilidad; esto es, lograr que las personas crean en el mensaje. Son
muchas las cosas que influyen en la credibilidad, como el historial de la
persona que comunica el mensaje, el contenido de éste, la reputación de integridad
y confiabilidad de quien comunica y la coherencia entre palabras y hechos.
Por último, alinear conduce a la autonomía de una
manera que rara vez se logra cuando se organiza. Uno de los motivos por el que algunas
organizaciones tienen dificultad para ajustarse a rápidos cambios en los
mercados o en la tecnología es que muchas personas en esas empresas se sienten
relativamente sin poder. Aun cuando perciban correctamente importantes cambios externos
e inicien posteriormente las acciones apropiadas, la experiencia les ha
enseñado que son vulnerables ante alguien que está más arriba, a quien puede no
gustarle lo que han hecho. Las reprimendas pueden adoptar muchas formas diferentes:
“Eso va en contra de nuestras políticas”, o “no nos podemos dar el lujo de
hacerlo”, o “cállate y haz lo que te han dicho”.
Alinear permite superar este problema, dándoles
más autonomía a las personas, al menos de dos formas. Primero, cuando se ha comunicado
un sentido de orientación claro a lo largo de una organización, los empleados de
niveles inferiores pueden iniciar acciones sin el mismo grado de vulnerabilidad.
Mientras su comportamiento sea consistente con la visión, los superiores tendrán
más dificultades para reprenderles. Segundo, dado que todos aspiran al mismo
objetivo, es menos probable que la iniciativa de una persona se paralice cuando
entra en conflicto con la de otra.
Motivar a las personas versus controlar y resolver problemas
La motivación y la inspiración estimulan a las personas, no por impulsarlas en la dirección correcta, sino satisfaciendo necesidades humanas básicas.
Dado que el cambio es la función del liderazgo,
la capacidad de generar un comportamiento altamente estimulado es importante
para enfrentar las inevitables barreras al cambio. Así como fijar la orientación
identifica una senda apropiada para avanzar y el alineamiento eficaz hace que
las personas avancen por él, la motivación exitosa asegura que éstas tendrán la
energía necesaria para superar los obstáculos.
De acuerdo a la lógica de la gestión, los mecanismos
de control comparan el comportamiento del sistema con el plan, y se adoptan medidas
cuando se detecta una desviación. Por ejemplo, en una fábrica bien gestionada, esto
significa que el proceso de planificación establece objetivos de calidad
prudentes, que el proceso de organización construye una organización que puede alcanzar
esos objetivos, y que un proceso de control garantiza que las fallas de calidad
son detectadas de inmediato –no en 30 ó 60 días–, y corregidas.
Por algunos de los mismos motivos por los que
el control es tan central para la gestión, el comportamiento altamente motivado
o inspirado es prácticamente irrelevante. En lo posible, los procesos de gestión
deben acercarse a la ausencia de fallas y riesgos. Esto significa que no pueden
depender de lo infrecuente o de lo difícil de lograr. El objetivo general de los
sistemas y estructuras es ayudar a las personas normales, que se comportan de forma
normal, a cumplir con éxito sus trabajos rutinarios, día tras día. No se trata
de algo apasionante o glamoroso. Pero en eso consiste la gestión.
El liderazgo es diferente. Lograr las grandes visiones
siempre requiere de un arranque de energía. La motivación y la inspiración estimulan
a las personas, no por impulsarlas en la dirección correcta, como hacen los mecanismos
de control, sino satisfaciendo necesidades humanas básicas que tienen que ver con
el logro, con un sentido de pertenencia, aprecio y autoestima, con una
sensación de control sobre su propia vida, y con la capacidad de estar a la altura
de los ideales personales. Estos sentimientos nos afectan profundamente y generan
una respuesta potente.
Los buenos líderes motivan a las personas de
muchas formas. Primero, siempre articulan la visión de la organización de un
modo que enfatiza los valores de la audiencia a la que se dirigen. Esto hace
que el trabajo sea importante para esas personas. Con frecuencia, los líderes
también las involucran en la decisión sobre cómo alcanzar la visión de la organización
(o la parte más relevante para un individuo en particular). Esto les da un
sentido de control. Otra importante técnica motivacional es apoyar los esfuerzos
de los empleados para hacer realidad la visión mediante coaching, feedback y modelamiento
de roles, ayudando de ese modo a las personas a desarrollarse profesionalmente y
a mejorar su autoestima. Por último, los buenos líderes reconocen y recompensan
el éxito, lo cual no sólo le da a la gente un sentido de logro, sino que también
la hace sentir que pertenece a una organización que se preocupa de ella. Cuando
todo esto se ha hecho, el trabajo se convierte en algo intrínsecamente motivador.
Cuanto más sea el cambio el que caracterice al
entorno de negocios, más tendrán los líderes que motivar a las personas para brindar
liderazgo. Cuando esto funciona, el liderazgo tiende a reproducirse en toda la organización,
con personas que desempeñan múltiples roles de liderazgo a lo largo de la jerarquía.
Esto es altamente valioso, porque enfrentar el cambio en cualquier negocio complejo
exige iniciativas de una multitud de personas. Ninguna otra cosa funcionará.
Desde luego, el liderazgo proveniente de diversas
fuentes no tiene por qué converger. Al contrario, es muy probable que entre en
conflicto. Para que múltiples roles de liderazgo trabajen en conjunto, las
acciones de las personas deben ser cuidadosamente coordinadas por mecanismos
que difieren de aquellos que coordinan los roles de gestión tradicionales.
Las redes de relaciones informales fuertes del
tipo que se encuentra en empresas con culturas sanas ayudan a coordinar
actividades de liderazgo de forma muy similar a cómo las estructuras formales
coordinan las actividades de gestión. La diferencia clave es que las redes
informales pueden abordar las mayores exigencias de organización asociadas con
las actividades no rutinarias y con el cambio. La multitud de canales de comunicación
y la confianza entre las personas conectadas por esos canales permite un proceso
constante de acomodo y adaptación. Cuando surgen conflictos entre roles, esas
mismas relaciones ayudan a resolverlos. Quizás lo más importante sea que este
proceso de diálogo y acomodo puede generar visiones que están vinculadas y son compatibles,
en vez de alejadas y en competencia. Todo ello requiere una comunicación mucho
mayor de la que se necesita para coordinar los roles ejecutivos pero, a
diferencia de las estructuras formales, las redes informales fuertes pueden
manejarlas.
En todas las corporaciones existen relaciones informales
de algún tipo. Pero demasiado a menudo, estas redes o son muy débiles algunas
personas están muy bien conectadas, pero la mayoría no o están muy fragmentadas,
es decir, existe una red fuerte dentro del grupo de marketing y dentro del de Investigación
y Desarrollo, pero no entre los dos departamentos. Tales redes no soportan
adecuadamente iniciativas de liderazgo múltiples. De hecho, las redes
informales extensas son tan importantes que de no existir, su creación debe ser
el foco temprano de la actividad en una iniciativa de liderazgo importante.
Crear una cultura de liderazgo
A pesar de la creciente importancia del liderazgo
para el éxito de los negocios, las experiencias en el trabajo de la mayoría de las
personas parecen socavar el desarrollo de los atributos necesarios para el liderazgo.
No obstante, algunas empresas han demostrado consistentemente una habilidad
para convertir a las personas en líderes ejecutivos sobresalientes. Contratar a
personas con potencial de liderazgo es sólo el primer paso. Igual de importante
es gestionar los patrones de su carrera. Los individuos que son eficaces en roles
de liderazgo importantes a menudo comparten una serie de experiencias en sus carreras.
Quizás la más típica y más importante sea la de
haber sido expuestos a un gran desafío al principio de su carrera. Mientras tienen
20 ó 30 años, los líderes casi siempre han tenido oportunidades de intentar liderar
realmente, de asumir riesgos y de aprender de los éxitos y fracasos. Este
aprendizaje parece ser esencial en el desarrollo de una amplia gama de habilidades
y perspectivas de liderazgo. Estas oportunidades también enseñan algo a las personas
sobre la dificultad del liderazgo y sobre su potencial para generar cambio.
En un momento posterior de sus carreras, ocurre
otra cosa de igual importancia, que tiene que ver con una ampliación. Las personas
que desempeñan un liderazgo eficaz en puestos importantes siempre tienen la oportunidad,
antes de ocupar esos puestos, de crecer más allá de la base estrecha que
caracteriza a la mayoría de las carreras ejecutivas. Usualmente, esto es
consecuencia de movimientos laterales en su carrera o de ascensos tempranos a
asignaciones de trabajo inusualmente amplias. En ocasiones, otros vehículos son
de ayuda, como ser destinado a grupos de trabajo especiales o a un curso de
gestión general de larga duración. Sea cual sea el caso, la amplitud del
conocimiento desarrollado de esta forma parece ser útil en todos los aspectos del
liderazgo. También lo es la red de relaciones que con frecuencia se adquiere tanto
dentro como fuera de la empresa. Cuando un grupo suficiente de personas obtiene
oportunidades como estas, las relaciones que se establecen también ayudan a crear
las redes informales fuertes que son necesarias para apoyar iniciativas de liderazgo
múltiples.
Las empresas que son mejores que el promedio
en el desarrollo de líderes enfatizan en la creación de oportunidades desafiantes
para empleados relativamente jóvenes. En muchas empresas, la descentralización
es la clave. Por definición, ésta traslada la responsabilidad hacia abajo y en
el proceso crea puestos más desafiantes en los niveles inferiores. Johnson &
Johnson, 3M, Hewlett Packard, General Electric, y muchas otras empresas
conocidas han empleado este enfoque con bastante éxito. Algunas de esas compañías
también crean tantas pequeñas unidades como sea posible, de modo que exista
disponibilidad de abundantes y desafiantes puestos de gestión general de nivel inferior.
En ocasiones, estas empresas crean oportunidades
desafiantes adicionales mediante un énfasis en el crecimiento a través de
nuevos productos o servicios. A lo largo de los años, 3M ha tenido la política
de que al menos 25% de sus ingresos debe provenir de productos lanzados en los cinco
años anteriores. Esto fomenta nuevos emprendimientos pequeños que, a su vez, ofrecen
cientos de oportunidades para poner a prueba y exigir el máximo esfuerzo a
jóvenes con potencial de liderazgo.
Estas prácticas pueden, casi por sí solas, preparar
a las personas para cargos de liderazgo de tamaño pequeño y mediano. Pero desarrollar
a las personas para posiciones de liderazgo importantes requiere de más trabajo
por parte de los altos ejecutivos, a menudo durante un largo período de tiempo.
Ese trabajo comienza con los esfuerzos para detectar a las personas con gran potencial
de liderazgo cuando están empezando sus carreras, e identificar lo que será
necesario para desarrollarlas y para que den su máximo esfuerzo.
Nuevamente, no existe nada mágico en este proceso.
Los métodos que usan las empresas exitosas son sorprendentemente sencillos. Se
toman la molestia de que los empleados jóvenes y las personas en los niveles inferiores
de sus organizaciones sean visibles para los altos ejecutivos. Los directivos pueden,
entonces, juzgar por sí mismos quién tiene potencial y cuáles son las necesidades
de desarrollo de esas personas. Para arribar a juicios más certeros, los
ejecutivos también conversan sobre sus conclusiones tentativas.
Una vez que tienen un sentido claro de quién
tiene un potencial de liderazgo considerable y de cuáles son las destrezas que necesitan
desarrollar, con posterioridad, los ejecutivos en estas empresas pueden dedicar
tiempo a planificar ese desarrollo. En ocasiones, esto se hace como parte de un
proceso formal de planificación de la sucesión o de un proceso de desarrollo de
las personas de alto potencial; a menudo, es algo más informal. En ambos casos,
el ingrediente clave parece ser una evaluación inteligente de las oportunidades
de desarrollo viables que se ajustan a las necesidades de cada candidato.
Para fomentar la participación de los
ejecutivos en estas actividades, las empresas bien lideradas tienden a reconocer
y a recompensar a las personas que desarrollan líderes con éxito. Rara vez esto
se hace como parte de una compensación formal o de una fórmula de
bonificaciones, simplemente porque es muy difícil medir con precisión estos
logros. No obstante, se convierte en un aspecto relevante en las decisiones
sobre ascensos, en especial a los niveles más altos, y eso parece hacer una
gran diferencia. Cuando se dice que los ascensos futuros dependerán en cierto
grado de su capacidad para cultivar líderes, incluso los que dicen que el liderazgo
es algo que no puede ser desarrollado, encuentran de alguna forma las maneras
de hacerlo.
Estas estrategias ayudan a crear una cultura
corporativa, en la cual las personas valoran el liderazgo fuerte y se esfuerzan
por crearlo. Así como necesitamos más personas para brindar liderazgo en las
organizaciones complejas que dominan nuestro mundo actual, también necesitamos más
personas que desarrollen las culturas que crearán ese liderazgo. Institucionalizar
una cultura centrada en el liderazgo es la máxima expresión del liderazgo.

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